(*) por Ricardo Umanti
Junto con mi esposa Rosa Lacuadra llegamos a Francia con antelación a la competencia, aproechamos para visitar ciudades cercanas como Cannes; Grasse y Niza pero también reconocimos el circuito del estadio Fort Carré, escenario del ultramaratón 48 Horas de Antibes donde obtuve el segundo puesto de la clasificación general al correr 306 kilómetros en dos días, mejorando mil metros mi marca de la temporada pasada en República Checa.
La charla técnica previa a la carrera fue incomprensible para todos aquellos que no sabíamos francés, sólo recuerdo que el viento pega fuerte en la línea de largada y se mantuvo así durante caso toda la primera jornada, especialmente cuando pasábamos por la costa donde el terreno pedregoso resultó muy molesto. Comprendí que si me emperraba en ejecutar mi plan A, sucumbiría sin poder siquiera cruzar la meta y no dudé en cambiar de estrategia ya que mi idea consistía en no quemarme de entrada. Sabía que no debía enloquecerme con sumar cantidades de kilómetros porque eso te puede llevar a perder el foco, sentía muchísima responsabilidad por ser el único representante argentino y estaba convencido que lograría un puesto alto si administraba correctamente las energías. En las primeras horas llegué a estar 15º mientras los favoritos como el local Manix y sus pares Italia e Inglaterra formaban el trío de punteros.
A pesar de todo lo que uno puede imaginar de la organización de una prueba europea de este nivel deportivo, el sistema de cronometraje implicó un problema de difícil solución porque el chip se encontraba en el dorsal y, según como estabas ubicado, el sistema no funcionaba. Ese fue mi caso en la primera hora en que no me contabilizaron una vuelta, idéntica situación sufrí unas horas después ya que muchas veces pasé y debía retroceder para que el sistema me capte. Fue un desastre, no se puede estar pendiente de esto pero no tuve más remedio, cada vez que pasaba tenía que acomodarme el dorsal asegurándome que me contabilizaban la vuelta.
Las horas transcurrieron a un ritmo muy regulado a la vez que veía que los punteros ampliaban todavía más la ventaja pero aún así no me deseperé ni tiré la toalla. Al cumplirse las primeras siete de las 48 horas había avanzado un escalón, ya estaba 14º, dos horas después era 12º y en la décima era décimo. Los tres primeros seguían siendo los mismos con quince vueltas más que no me desanimaban, a las trece horas me situé noveno y completé los primeros cien kilómetros en catorce horas y medio, mi marca más lenta en esta distancia pero sabía que revertiría la situación porque estaba físicamente entero. No pasó mucho para llegar a la séptima posición pero el pelotón de punta ahora me llevaba quince giros de ventaja, dos más que antes. Corrí quince horas seguidas para llegar al quinto lugar pero quería, y podía, ir por más. Así fue como tres horas después pasé a la cuarta colocación para, al cumplir veintiún horas, asegurarme un lugar en el podio al colocarme tercero.
Además del mal funcionamiento del chip, también tuve inconvenientes con la hidratación porque sólo te brindaban agua, soda y un brebaje con gusto a jarabe aunque ellos quieran hacer creer que es una gaseosa. Nuestra sorpresa fue gigante al enterarnos que todo otro aprovisionamiento como Coca Cola o bebidas energizantes tenía su precio ya que debía abonarlo. Ví que algunos corredores saboreaban un helado pero, cuando me acerqué a la mesa de la organización, me quisieron cobrar dos euros en plena carrera. La lata de Coca Cola salía dos euros y medio, conclusión: tomé un hielo con colorante que me pareció el helado más exquisito del mundo y continué corriendo mientras mi mujer Rosa se fue al departamento para regresar con un arsenal de bebidas isotónicas made in Argentina; jugos de fruta; yogurt y barras de cereal. Verla a ella con la heladerita me brindó la tranquilidad necesaria para encarar las ráfagas de viento que soplaba con más fuerza que al comienzo. Sabía que era el momento de afianzarse en la tercera posición y a aumentar la distancia con los rivales que venían atrás mío, no me importaban los dos primeros ya que el principal objetivo era asegurarme el tercer puesto aprovechando que el viento había cesado, el calor era intenso pero había tomado todas las medidas para combatirlo.
Al término de las primeras veinticuatro horas estaba en tercer lugar con 163,170 kilómetros a quince vueltas del primero y a siete giros de mi inmediato perseguidor. Tuve que hacer una escala técnica en boxes ya que a la organización se le terminó el agua mineral y nos dieron agua de la canilla, otro brebaje que me llevo al baño en cuatro oportunidades. Antes de correr las segundas veinticuatro horas, como premio por los casi 164 kilómetros de la primera jornada, me tomé una cerveza bien fría que fue mi combustible para estirar la ventaja que le llevaba al que venía tercero, en tanto que el italiano recuperó el liderazgo al sobrepasar a la inglesa que sufrió las consecuencias de las ampollas en el pie. Ya estaba a nueve vueltas del puntero mientras que le había sacado diez de diferencia al que venía cuarto detrás de mí. Cada vez me acercaba un poco más, en la hora veintisiete me puse a ocho vueltas del tano y sesenta minutos después estaba a cuatro, aunque siempre con la idea de consolidarme como el número tres. Dieicisiete horas antes del final, pasé a ser segundo ya que la inglesa tuvo que parar a descansar, había dado resultado mi plan B de correr de menor a mayor sin desgastarme más de la cuenta. El primer puesto caería por decantación, faltaba mucho y debía transcurrir toda la noche sumado al calor del día siguiente, siempre caminaba en el puesto de avituallamiento para proseguir la próxima serie, esto fue una constante en las 48 horas. En la hora 37 pasé a estar primero, la soledad de puntero ya que en dos horas le saqué tres vueltas de ventaja y en la hora 42 sólo dos y cuando pasé por el chip vi que la cartelera electrónica me había igualado la cantidad de vueltas con el que realmente era mi escolta, estaba indignado. Estuvimos empatados una hora, en la 44 me saca una vuelta pero las veces que lo veía pasar no estaba nada bien y tuvo que ir al masajista, ahí recuperé la primera posición al finalizar la hora 44. En la 45 hora le llevaba dos vueltas, faltando tres horas la idea era controlar ésta ventaja, trataba de tenerlo cerca y meter algunos cambios de ritmo, la última vuelta que pude hacer.
Pasando el control a veinte minutos del final, fue todo confuso y todavía faltaba mucho porque la carrera no estaba asegurada, yo anhelaba el triunfo pero cuando voy a encarar el próximo giro y recorrí casi cuatrocientos metros, una persona de la organización me dijo que debía volver a buscar la bandera ya que era el ganador tal como lo escuché por los altoparlantes, acaté la orden y encaré la vuelta con la bandera en los hombros, monstrándome como el ganador, muy orgulloso de llevar al ultramaratonismo argentino a lo más alto del podio francés. Dos horas después cuando fuimos a la premiación, sopresivamente declararon ganador al italiano Vincenzo Tarascio, no podía creerlo, estaba indignado y el resto de los corredores estaban sorprendidos. Subí al podio por respeto a todos los ahí presente pero no lo disfruté ni aprobé esta decisión tan errónea como injusta. Es un orgullo el segundo puesto, más aún en una prueba de estas características pero terminé primero, gané sin lugar a dudas. Devolví la copa del segundo puesto, quedó en Francia, terminé primero y me corresponde el trofeo destinado al ganador, no me llevo lo que no me pertenece. Pensándolo en frío, como una especie de autocrítica, considero que debería haberle sacado más ventaja al segundo pero, en ese momento, prioricé un ritmo que me permitiese tener todo controlado y seguro porque estaba muy bien. Tenía el cansancio lógico de dos días de competencia pero no sufrí paspaduras ni ampollas, ahí está mi bronca porque tenía todo para ganar y lo hice pero no lo reoconocieron, es algo que hasta ahora no me permite disfrutar lo que logré. Sin la copa en la repisa de mi casa, recibí el mejor premio de todos: las muestras de cariño vía facebook; mail; llamados telefónicos y mensajes de texto tanto de la gente del foro Elkilometro y los amigos ultra como mis compañeros de promoción 1983 del colegio Otto Krause a quienes no veo desde hace más de veinte años. Agradezco a Juan Carlos Mouro y Claudia Taramazzo que me proveyeron las plantillas deportivas Pro-Run; a la Asociación Argentina de Ultramaratonistas (AAU); a ATAR que siempre está presente sin importar el lugar en que me encuentre; a mis alumnos cons sus padres y a Eldepornauta.com cuyas notas previas y post-carrera fueron un aliciente a la distancia.
Viva el ultramaratón, larga vida al ultra argentino.

(*) por Ricarto Umanti
Docente e ingeniero mecánico de 45 años que las últimas diecisiete temporadas se convirtió en una marca registrada del ultramaratón argentino al establecer el récord nacional de 48 horas Indoor tras correr 305 kilómetros durante dos días seguidos en un gimnasio de la República Checa donde obtuvo el noveno puesto de la clasificación general. Finisher en dieciocho ultramaratones incluyendo dos victorias en competencias de veinticuatro horas. Con estudios de preparador físico y personal trainner, también completó treinta maratones de 42 kilómetros cada uno con una mejor marca de tres horas y veinticinco minutos mientras que cronometró once horas y cinco minutos para los cien kilómetros.
|